Ante el surgimiento de #YoSoy132, apuntes que mezclan mi posición y algunas impresiones (nada que pretenda ser un análisis formal):
Tal vez por una deformación profesional, soy de las que cree que conviene decir desde dónde se dice lo que se dice, por un mínimo acto de responsabilidad: soy estudiante y sin embargo ya no soy joven, pero me siento con necesidad de opinar acerca de lo que está sucediendo.
EPN acude a una invitación a la Uia hace un par de semanas. Al salir del auditorio en el que expuso algunas propuestas y respondió, no sin reclamos de por medio, algunas preguntas, un grupo de estudiantes mostró su repudio a través de gritos, pancartas, máscaras, etc., especialmente al respecto de su responsabilidad con el tema del operativo represivo contra los habitantes de San Salvador Atención en mayo de 2006.
Acto seguido, el priísta Pedro Joaquín Coldwell los tildó de todo, dijo que debería investigarse para ver si no estaban siendo manipulados, los tildó de porros.
El propio EPN en la respuesta que dio sobre el operativo de Atenco dentro del auditorio ese día, bravuconamente asumió la responsabilidad del asunto y mintió diciendo que la Suprema Corte de Justicia había avalado el operativo.
Al día siguiente (incluso desde el mismo día en sus portales web), muchos periódicos presentaron, como siempre que a los poderosos en este país se les increpa, una versión distorsionada y manipuladora acerca de los hechos, reforzando la idea de que estos estudiantes habían sido manipulados y/o habían sido parte de un complot orquestado por la izquierda o incluso por los panistas.
Parte de las per-versiones periodísticas (en diarios y emitidas por los comentaristas y lectores de noticias que editorializan en televisión y radio, así como en periódicos y blogs) ya contenían una serie de elementos de una estrategia para "controlar los daños", que se centra en la idea de que quienes protestan son intolerantes, promotores del odio y enemigos del país y de la democracia.
Ante eso, los estudiantes de la Uia elaboraron un video en el que 131 muchachos presentaban su credencial y dejaban en claro que no eran ni porros, ni manipulados, ni anónimos: tenían rostro, identidad y denunciaban. El video corrió como pólvora en redes y en pocas horas, muchos nos conmovimos, nos identificamos y desplegamos cualquier cantidad de solidaridad y apoyo...también en redes.
Los muchachos de la Uia, ya apoyados por sus compañeros de varias universidades, organizaron dos marchas, hace una semana, para protestar contra la manipulación informativa. Una salió desde el ITAM hacia Televisa San Ángel y otra de la Uia hacia Televisa Santa Fe. Obvio, ya no eran sólo los de la Uia.
Por una casualidad, todo el episodio Uia (y especialmente las marchas del viernes) coincidió con la preparación y ejecución de tres eventos: la marcha anti-EPN el sábado, la concentración pro AMLO el domingo en el Zócalo y el encuentro de estudiantes, también con AMLO, el lunes en Tlatelolco.
No me detendré mucho en ver la naturaleza de estos tres eventos, pero basta con señalar que los tres, cada uno en su especificidad y pluralidad, representaron masivamente tres grandes sentires: el sentimiento anti-EPN, la participación estudiantil en general y pro-AMLO y en el DF una reiteración al apoyo a AMLO.
Ahora, no se trata de hacer necias asociaciones ni tampoco de minimizar las relaciones, entre unos hechos (caso Uia) y otros (al menos los tres eventos paralelos) y lo que ello ha desatado. Sin embargo, se requiere cierto nivel de tejido fino para no cometer excesos ni pecar de ingenuos. Van mis apreciaciones:
No se pueden asociar burdamente, pero tampoco se puede negar que ambos hechos estén totalmente inconexos.
Lo que a mi juicio es un denominador común entre ellos es el sentimiento anti-EPN que, de suyo, es un sentir que incluye en primer lugar el rechazo al autoritarismo que encarna. No es gratuito que el repudio de los chavos Uia a EPN fue ante todo al espeluznante operativo de Atenco que él ordenó. Es decir, Peña representa una de tantos agravios que el PRI cometió en contra de los mexicanos. El tema de la represión es un tema agudo porque, aunque a muchos no les parezca un motivo suficiente, hay una memoria colectiva -y más aún en los jóvenes estudiantes universitarios- que tiene claro qué ha sucedido al menos en los últimos 50 años en México. Estos jóvenes saben del 68, del 71, de la guerra sucia, de los muertos perredistas en los 90, de las masacres de Acteal, El Bosque, El Charco, y un largo etcétera que incluye, naturalmente, a Atenco.
En segundo lugar, el otro gran denominador común es el rechazo a la telecracia. Sin entrar en detalles, el repudio es a Televisa, pero es también al resto de medios que impúdicamente nos ven la cara, o se la ven a los millones que sí se "informan" mediante ellos, diariamente. Estos jóvenes estudiantes son chavos, pero no tan chavos como para no tener recuerdos muy nítidos de, por ejemplo, todo el episodio 2006 y saben perfectamente el poder que tienen el duopolio y los medios alineados a los poderes fácticos y cómo este poder impone, a fuerza de tergiversaciones, un conjunto de percepciones que ellos reconocen como falsas. Y eso sólo por poner un ejemplo. Y aclaro que no ahondaré en el cúmulo de transformaciones y prácticas derivadas a partir de Internet y los dispositivos tecnológicos de los que son usuarios, y por los cuales son, sobre todo, creadores de contenido, no sólo receptores pasivos.
Rechazo al autoritarismo y a la telecracia engloban un montón de cosas y a un montón de gente. En esa pluralidad de ideas y diversidad de personajes, el torrente de energía que se desató a partir de la confluencia de estos hechos es enorme, brillante, fresco. Nos emocionó ver y participar en ellos, nos llenó de orgullo y esperanza advertir cómo fluyó (y fluye) ese río de indignación mezclado con anhelo. De eso todos estamos claros. Sin embargo:
Personalmente, hay cosas que no me cuadran y hasta me preocupan ( y por preocupar me refiero a que no es lo que a mí me hubiera gustado y, en tal caso, eso acaba valiendo gorro...pero no). No es que me ganen mis ansias de encuadrar los hechos, como sí lo hacen otros como "el inicio de la primavera, pero quisiera que el entusiasmo no me ciegue ni me haga ver cosas, buenas o malas, que no son:
Estudiantes universitarios no son sinónimo de jóvenes, aunque los primeros casi siempre son lo segundo. Por eso, cuando se habla de "despertar juvenil" creo que se comete una grave imprecisión: ni son todos los que son ni están todos los que son. Qué bueno que los estudiantes son el sector más visible porque se conjuntaron los hechos que ya dije, pero el torrente de energía no es sólo de ellos. Incluso, no sé si están completamente concientes de lo que detonaron, es decir, de la posible trascendencia que su actuar ha generado.
Ahora si sí tienen claro lo que han generado (que yo creo que sí), me preocupó que en la marcha del miércoles se hizo público un pliego petitorio que, a mi juicio, no era necesario apresurar sin antes someter a discusión entre todos los que ahora ya se sumaron específicamente a #YoSoy132 en todas sus variantes (marcha, página web, etc.). ¿Por qué circunscribirlo todo a una agenda muy particular -que si me preguntan parece un poco hecha por alguien más- de especificidades sobre cómo suavizar el poder irredento del duopolio televisivo? ¿Acaso la manipulación es sólo televisiva y sólo de Televisa? ¿Dónde queda el grupo de Olegario Vázquez y sus periódicos basura o su canal de televisión? ¿Por qué ponérselos tan fácil a Televisa y a EPN mismo, quienes ahora, obviamente, los han reducido a unos muchachitos muy impetuosos que merecen ser escuchados porque ambos (tele y candidato) son muy democráticos, y porque los niños son muy creativos y "hasta hablan de acabar con los monopolios"?
¿Por qué esa ansiedad de declararse movimiento apartidista? ¿Por qué confundir tener posición con ser partidista y peor aún, hacer del apartidismo un sinónimo de neutral? ¿Acaso estos chicos no tienen una idea remota de a qué se están enfrentando? ¿O es que pretenden incidir hasta donde la tele y sus dueños quieran y puedan en plan "a ver muchachos, presenten sus demandas y lo vamos viendo"? ¿No se dieron cuenta de que ellos están en posición de exigir un diálogo y sentarlos a la mesa públicamente, por ejemplo, y demandar, por ejemplo, que se transparenten los gastos en spots y publicidad que reciben? ¿Que no, que eso no les corresponde porque no son autoridad? ¿Y de cuando a acá un movimiento con ese nivel de apoyo y energía tiene que ser institucional, formal y bien portadito?
¿Por qué deslindarse tácitamente en las últimas horas de una de los enormes clamores de "no a la imposición de EPN" y decir que no están contra de nadie, que no quieren acabar con Televisa, que son bien buena onda, en pocas palabras? ¿Por qué carajos no asumir que hubo un claro vínculo entre su protesta, la respuesta que recibieron, la solidaridad que concitaron y que ese vínculo es el proceso electoral en curso y específicamente el rechazo a EPN?
En fin. Todo lo que expongo durará nada porque los sucesos están ocurriendo vertiginosamente. Quiero ante todo señalar que no es un juicio, aunque sí juzgo lo visto y opino en consecuencia y que seguramente también cambiaré algunas percepciones en función de lo que vaya ocurriendo. Que mis opiniones están en este momento mediadas por mi máxima preocupación, la que me genera tan sólo imaginar a EPN en el poder. L puede parecer una nimiedad, pero creo que no lo es. No porque sea mi opinión, sino porque todo el panorama, incluidas sus linduras del pliego, se ven imposibles si ese señor llega a la presidencia. O al menos, eso creo yo.
Entredichos
viernes, 25 de mayo de 2012
sábado, 12 de mayo de 2012
Por qué voy a votar (otra vez) por AMLO
(Este post lo hice ex profeso ante una pregunta relativa a por quién votar. Soy un poco enemiga de la idea de convencer. Intentar convencer me parece una falta de respeto a la inteligencia y capacidad de las personas. Soy profundamente defensora y promotora del diálogo y del intercambio, aún a pesar de mi muy personal estilo "apasionado", como lo han descrito. Está escrito en el tono más sencillo porque creo que, tratándose de divulgar ideas, convicciones o reflexiones, la simpleza es mejor y se agradece. Espero haberlo logrado.)
Hace un poco más de seis años abrí un blog. Lo hice un poco de relajo, porque estaba "de moda", porque aunque sabía más o menos qué eran y leía pasivamente varios, no me quedaba claro exactamente para qué usar esa herramienta.
Cuando comencé a escribir, lo hice desde el lugar común de una bitácora personal. Nunca me convenció y sin embargo tampoco puedo evitar, en toda plataforma de comunicación, mostrar mucho de lo que soy. Sin embargo, hubo un momento en el que le hallé el chiste a mi blog: la campaña presidencial del 2006. Después lo borré, luego lo volví a abrir y recientemente no lo aprovecho como debería, pero ese es otro tema.
En 2006 le hallé el chiste en particular porque siempre he sido alguien con un grado de adicción importante a la información y porque siempre me ha interesado la política, y sin embargo...
No pertenezco a ningún partido, jamás lo he hecho. Desde que empecé a conformar mi propio criterio político he simpatizado con la izquierda. No provengo de una familia militante pero tampoco apolítica, pero eso sí, es una familia en la que siempre hubo más de un periódico en la mesa, es decir, una familia en donde estar informado era algo necesario y donde siempre se discute y se critica esa información. Una familia politizada, pues.
Mi educación no fue homogénea: hasta el fin de la preparatoria, fui a una escuela privada, laica, bilingüe y mixta. Ya en la universidad, mi decisión fue ir a una escuela pública. Estudié ciencia política en la UNAM (aunque había aplicado para estudiar ciencias de la comunicación, me cambié de carrera). Muchos años después, ahora, estoy en el doctorado en ciencias antropológicas de la UAM-Iztapalapa (donde también hice la maestría en esa misma disciplina).
A la escuela pública fui por convicción y por necesidad. Y una de las cosas que más orgullo me da en la vida es el privilegio de ser egresada de dos de las universidades públicas más importantes del país. Ahí fue donde me apropié de algunas herramientas para ejercer la crítica en el más amplio sentido de la palabra(poner en crisis, cuestionar, dudar y construir mi propia interpretación de todo dogma, toda creencia, toda idea).
Y hablando de otras acepciones de la palabra crisis, desde que tengo uso de razón, parece que en mi país ésta jamás se supera. Crisis en el 76, cuando nací. Crisis en el 82, cuando tenía seis años, crisis en el 94, cuando tenía 18, crisis en el 2008, cuando tenía 32 y así. Se supone que éstas son crisis económicas, pero resulta que la economía y la política van más de la mano de lo que parece.
También, desde que me acuerdo, a la par de las crisis económicas, tampoco ha habido normalidad democrática en este país. En el 88, el PRI perdió las elecciones presidenciales. No es que antes en la historia del estado moderno mexicano no hubiera habido fraudes, pero hablo de lo que mi memoria alcanza a registrar. Tampoco es que el 88 fuera la única o primera disidencia en contra del régimen en las décadas recientes, pero, hablando de la dimensión electoral de la democracia, fue una piedra angular en la historia contemporánea. Un producto de ese fraude, que no el único pero uno relevante, fue el reagrupamiento de las izquierdas en un partido político, el PRD. La descomposición de ese partido no es tema de este post, pero que quede claro que ese lamentable proceso sucedió.
A partir del 88, el camino para abrir espacios democráticos e ir consolidando la presencia de la izquierda electoral en los espacios de gobierno no ha sido nada fácil. En el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, cientos de militantes perredistas fueron asesinados y desaparecidos, igual que durante las décadas de los 70 y 80, se emprendió una guerra sucia espantosa en contra de los militantes de organizaciones clandestinas de izquierda, por si acaso no lo sabían o se les ha olvidado.
En el 94, año de elecciones presidenciales, el surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional fue un hecho lo suficientemente importante para reconfigurar el espectro político de la izquierda en México. Cuauhtémoc Cárdenas, quien había disputado la elección en 88, volvió a competir y naturalmente no sólo no ganó, sino quedó en el tercer lugar, que dicen es el lugar histórico de la izquierda en las elecciones mexicanas.
Lo que el EZLN mostró y generó fue tan doloroso como valioso. Le puso rostro a la insultante exclusión paradójicamente, usando pasamontañas. Los indígenas de diversos pueblos (pueblos entendidos como etnias, no como lugares) asentados en el estado de Chiapas pusieron de cabeza a los gobiernos y a la propia sociedad, con un discurso tan fresco como crítico. Miles nos volcamos en simpatía, tanto en México como fuera de. Pero también surgieron diferencias y escisiones y la izquierda electoral y el movimiento zapatista no se encontraron jamás, porque una de las más grandes críticas del EZ era hacia lo electoral: mandar obedeciendo sin tomar el poder. Otro largo tema que no discutiré pero que quede claro que ahí está.
Yo simpatizo tanto con algunas, muy pocas, opciones de izquierda electoral tanto como con los movimientos sociales incluido el que apoya al EZLN. Sin embargo, estoy convencida de que, por ejemplo, en la actual coyuntura tanto como en el 2006, no participar en las elecciones no es una opción inteligente. No quiero decir que no hacerlo sea tonto, pero yo creo que no tenemos por qué dejar vacíos (para que se sigan llenando de escoria) espacios en los tres niveles de gobierno desde los cuales, todavía, se pueden hacer cosas, se pueden frenar otras, se puede -no sin dificultades- llamar a cuentas, buscar hacer justicia, etc. dentro de los cauces institucionales. Y no es porque yo sea naive y crea que las instituciones son puras, pero la transformación que este país necesita tiene que darse en todos los espacios. En todos. Sea desde adentro, por fuera, paralelamente, pero no hay que dejar espacios vacíos.
En 1997 la Ciudad de México por primera vez pudo elegir a sus gobernantes. Desde esa elección, el Distrito Federal ha sido gobernado por el PRD. Sus gobernantes no han sido perfectos, pero los logros alcanzados en esta entidad gracias a los gobiernos de izquierda (o al menos no de derecha) no han sido menores. De ahí surgió Andrés Manuel López Obrador como figura presidenciable y su liderazgo se ha construido sobre la base de su honestidad y su congruencia. Nos puede caer bien o mal, podemos también quedarnos en todo lo que, desde nuestros propios intereses individuales, él no cumplió o no ha cumplido, pero en términos generales, fue uno de los mejores gobernantes que ha tenido una entidad en la historia reciente de México.
El intento por frenarlo comenzó poco después de que llegó a ser Jefe de Gobierno del DF. Intento de desafuero bajo argumentos leguleyos, intento de desfalco al DF (Paraje San Juan), video escándalos y una campaña negra y de miedo desde antes, durante y después de la elección de 2006. Un presidente (Vicente Fox), su aparato y sus alianzas se volcaron para intentar a toda costa destruirlo. No estoy hablando desde el corazón de una fanática por más que él me simpatice. Quien me conoce sabe cuán crítica soy siempre, empezando por la izquierda misma. Hablo como ciudadana, como politóloga, como persona medianamente informada.
La elección de julio de 2006 fue todo menos limpia. Personalmente creo que Felipe Calderón no ganó la elección y, aunque suponiendo sin conceder que lo hizo, una elección que se "gana" con 0.56% debería repetirse porque ese porcentaje no es garantía de nada. Creo que el fraude fue orquestado en varios niveles y, sin menosprecio de ese enorme engaño, creo que AMLO y su gente fallaron en la estrategia de defensa del voto, aunque eso no justifique lo que hizo el régimen en contra del avance democrático en este país, en el que curiosamente, sí se permitió la alternancia en 2000 al PAN con Fox pero donde a la izquierda siempre le han cancelado la oportunidad de acceder a la presidencia.
México se polarizó desde 2006, nos dicen. Yo creo que confrontado está desde hace mucho y que la campaña de 2006 fue más bien un uso perverso del miedo generado a partir de mensajes y discursos cargados de calumnias, falsedades y manipulación. Desafortunadamente, el contenido de esa campaña -el miedo- siguió estando presente, como elemento sustancial de los dichos y los actos de Felipe Calderón como presidente, sólo que ahora el motivo cambió.
Para legitimarse, Calderón tomó la decisión de lanzar una "guerra para combatir al narco" sin pies ni cabeza, sin estrategia, sin haber emprendido cambios elementales primero (como depurar las policías, por ejemplo) y encima, lo hizo solicitando el auspicio del gobierno norteamericano para quien desde 2001 el tema terrorismo es su bandera (y donde terrorismo implica mucho más que el monstruo del talibán: implica decir que el narco, por ejemplo, también lo es). Nadie defiende al narco, por el amor de Dios, pero ¿era necesario hacer algo así para legitimarse? Iniciativas Mérida, Planes Puebla Panamá, y todas esas formas de transferir dinero a contratistas norteamericanos bajo el pretexto de la seguridad hemisférica y demás. Pero no sólo eso es lo grave, sino las decenas de miles de muertos, las regiones azoladas por el terror, la complicidad de los cuerpos de seguridad y de los políticos, las advertencias de que "cueste lo que cueste esto debe seguir".
Ahora, en medio de todo eso, las condiciones de millones de personas en este país son también un horror. Millones de pobres, millones migrando, millones en la economía informal y claro, miles también en el narco. El campo abandonado, la educación en manos de una líder sindical corrupta, Pemex desangrado y a punto de quererlo rematar, el mercado interno sin ningún impulso, un país sin suficiencia alimentaria y un largo etcétera. Nos dicen que lo que hace falta son unas cosas llamadas reformas estructurales que, en mi muy elemental entendimiento, se refieren a terminar de modificar los marcos legales para que el capital pueda obtener las ganancias sin el menor pudor, aunque dicen que es más bien para alentar la inversión. Nadie está en contra de la inversión, pero no la inversión depredadora, no los capitales que no reinvierten en el país, no los que no respetan los derechos laborales, no los capitales golondrinos y sólo especulativos, y sobre todo...
No a los capitales que, en complicidad con los gobiernos y medios, no pagan impuestos, impiden la competencia, exigen que el gobierno los rescate en caso de malos manejos y quiebras (como los bancos en 1994), cobran una barbaridad por servicios que no son capaces de proporcionar así como comisiones y demás cobros abusivos que en países de primer mundo ni soñar que puedan hacerlo. Queremos capital e inversiones que dejen de enriquecerse a costa de acuerdos inconfesables con la clase política y que no sean el sitio idóneo para el lavado de dinero malhabido. Eso es lo que yo espero.
Que por quién votar, esa es una pregunta que más allá de contestarla intentando convencer, la contesto con mis propias opiniones y mi propia experiencia. No creo que ninguno de los candidatos sea solución única. Sin embargo, dentro de todos, sigo creyendo que sólo con AMLO las cosas pueden empezar a cambiar y el deterioro a detenerse y acaso tal vez a revertirse. No creo, tampoco, que las distintas expresiones políticas, especialmente la izquierda y sus diversos planteamientos, puedan agotarse en lo electoral. Lo electoral es un momento de gran proceso político de transformación que, en mi opinión, debería darse a escala planetaria. Creo que la transformación -en todos los órdenes de la vida humana- es una cuestión de sobrevivencia más que sólo de convicción ideológica. La Tierra -y sus habitantes- no está en condiciones de sostener el modelo actual de acumulación capitalista. En pocos años la depredación del planeta ha sido aguda e irreversible.
Creo que nuestro país merece una oportunidad más. Hay gente que cree que un pueblo tiene el gobierno que se merece. Yo no. Yo creo que es algo mucho más complejo que eso. No vivimos en un país con pleno derecho a la información. No es posible suponer que todos tenemos equidad y condiciones dignas para tomar decisiones, para elegir, para escoger el camino. Los que tenemos los medios estamos obligados a contribuir a que más personas tengan posibilidad de construir un criterio, una opinión libre de coerción o de condiciones límite. Hoy, me parece, no es tiempo de pensar sólo desde el interés propio. Es tiempo de anteponer la ética. La disyuntiva hoy es de naturaleza ética y es entre el bienestar de muchos o el privilegio de pocos.
Yo no voy a decir por quién votar. Pero sí puedo justificar mi propia decisión. Y lo que yo quisiera es que eso se extendiera para todos.
Hace un poco más de seis años abrí un blog. Lo hice un poco de relajo, porque estaba "de moda", porque aunque sabía más o menos qué eran y leía pasivamente varios, no me quedaba claro exactamente para qué usar esa herramienta.
Cuando comencé a escribir, lo hice desde el lugar común de una bitácora personal. Nunca me convenció y sin embargo tampoco puedo evitar, en toda plataforma de comunicación, mostrar mucho de lo que soy. Sin embargo, hubo un momento en el que le hallé el chiste a mi blog: la campaña presidencial del 2006. Después lo borré, luego lo volví a abrir y recientemente no lo aprovecho como debería, pero ese es otro tema.
En 2006 le hallé el chiste en particular porque siempre he sido alguien con un grado de adicción importante a la información y porque siempre me ha interesado la política, y sin embargo...
No pertenezco a ningún partido, jamás lo he hecho. Desde que empecé a conformar mi propio criterio político he simpatizado con la izquierda. No provengo de una familia militante pero tampoco apolítica, pero eso sí, es una familia en la que siempre hubo más de un periódico en la mesa, es decir, una familia en donde estar informado era algo necesario y donde siempre se discute y se critica esa información. Una familia politizada, pues.
Mi educación no fue homogénea: hasta el fin de la preparatoria, fui a una escuela privada, laica, bilingüe y mixta. Ya en la universidad, mi decisión fue ir a una escuela pública. Estudié ciencia política en la UNAM (aunque había aplicado para estudiar ciencias de la comunicación, me cambié de carrera). Muchos años después, ahora, estoy en el doctorado en ciencias antropológicas de la UAM-Iztapalapa (donde también hice la maestría en esa misma disciplina).
A la escuela pública fui por convicción y por necesidad. Y una de las cosas que más orgullo me da en la vida es el privilegio de ser egresada de dos de las universidades públicas más importantes del país. Ahí fue donde me apropié de algunas herramientas para ejercer la crítica en el más amplio sentido de la palabra(poner en crisis, cuestionar, dudar y construir mi propia interpretación de todo dogma, toda creencia, toda idea).
Y hablando de otras acepciones de la palabra crisis, desde que tengo uso de razón, parece que en mi país ésta jamás se supera. Crisis en el 76, cuando nací. Crisis en el 82, cuando tenía seis años, crisis en el 94, cuando tenía 18, crisis en el 2008, cuando tenía 32 y así. Se supone que éstas son crisis económicas, pero resulta que la economía y la política van más de la mano de lo que parece.
También, desde que me acuerdo, a la par de las crisis económicas, tampoco ha habido normalidad democrática en este país. En el 88, el PRI perdió las elecciones presidenciales. No es que antes en la historia del estado moderno mexicano no hubiera habido fraudes, pero hablo de lo que mi memoria alcanza a registrar. Tampoco es que el 88 fuera la única o primera disidencia en contra del régimen en las décadas recientes, pero, hablando de la dimensión electoral de la democracia, fue una piedra angular en la historia contemporánea. Un producto de ese fraude, que no el único pero uno relevante, fue el reagrupamiento de las izquierdas en un partido político, el PRD. La descomposición de ese partido no es tema de este post, pero que quede claro que ese lamentable proceso sucedió.
A partir del 88, el camino para abrir espacios democráticos e ir consolidando la presencia de la izquierda electoral en los espacios de gobierno no ha sido nada fácil. En el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, cientos de militantes perredistas fueron asesinados y desaparecidos, igual que durante las décadas de los 70 y 80, se emprendió una guerra sucia espantosa en contra de los militantes de organizaciones clandestinas de izquierda, por si acaso no lo sabían o se les ha olvidado.
En el 94, año de elecciones presidenciales, el surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional fue un hecho lo suficientemente importante para reconfigurar el espectro político de la izquierda en México. Cuauhtémoc Cárdenas, quien había disputado la elección en 88, volvió a competir y naturalmente no sólo no ganó, sino quedó en el tercer lugar, que dicen es el lugar histórico de la izquierda en las elecciones mexicanas.
Lo que el EZLN mostró y generó fue tan doloroso como valioso. Le puso rostro a la insultante exclusión paradójicamente, usando pasamontañas. Los indígenas de diversos pueblos (pueblos entendidos como etnias, no como lugares) asentados en el estado de Chiapas pusieron de cabeza a los gobiernos y a la propia sociedad, con un discurso tan fresco como crítico. Miles nos volcamos en simpatía, tanto en México como fuera de. Pero también surgieron diferencias y escisiones y la izquierda electoral y el movimiento zapatista no se encontraron jamás, porque una de las más grandes críticas del EZ era hacia lo electoral: mandar obedeciendo sin tomar el poder. Otro largo tema que no discutiré pero que quede claro que ahí está.
Yo simpatizo tanto con algunas, muy pocas, opciones de izquierda electoral tanto como con los movimientos sociales incluido el que apoya al EZLN. Sin embargo, estoy convencida de que, por ejemplo, en la actual coyuntura tanto como en el 2006, no participar en las elecciones no es una opción inteligente. No quiero decir que no hacerlo sea tonto, pero yo creo que no tenemos por qué dejar vacíos (para que se sigan llenando de escoria) espacios en los tres niveles de gobierno desde los cuales, todavía, se pueden hacer cosas, se pueden frenar otras, se puede -no sin dificultades- llamar a cuentas, buscar hacer justicia, etc. dentro de los cauces institucionales. Y no es porque yo sea naive y crea que las instituciones son puras, pero la transformación que este país necesita tiene que darse en todos los espacios. En todos. Sea desde adentro, por fuera, paralelamente, pero no hay que dejar espacios vacíos.
En 1997 la Ciudad de México por primera vez pudo elegir a sus gobernantes. Desde esa elección, el Distrito Federal ha sido gobernado por el PRD. Sus gobernantes no han sido perfectos, pero los logros alcanzados en esta entidad gracias a los gobiernos de izquierda (o al menos no de derecha) no han sido menores. De ahí surgió Andrés Manuel López Obrador como figura presidenciable y su liderazgo se ha construido sobre la base de su honestidad y su congruencia. Nos puede caer bien o mal, podemos también quedarnos en todo lo que, desde nuestros propios intereses individuales, él no cumplió o no ha cumplido, pero en términos generales, fue uno de los mejores gobernantes que ha tenido una entidad en la historia reciente de México.
El intento por frenarlo comenzó poco después de que llegó a ser Jefe de Gobierno del DF. Intento de desafuero bajo argumentos leguleyos, intento de desfalco al DF (Paraje San Juan), video escándalos y una campaña negra y de miedo desde antes, durante y después de la elección de 2006. Un presidente (Vicente Fox), su aparato y sus alianzas se volcaron para intentar a toda costa destruirlo. No estoy hablando desde el corazón de una fanática por más que él me simpatice. Quien me conoce sabe cuán crítica soy siempre, empezando por la izquierda misma. Hablo como ciudadana, como politóloga, como persona medianamente informada.
La elección de julio de 2006 fue todo menos limpia. Personalmente creo que Felipe Calderón no ganó la elección y, aunque suponiendo sin conceder que lo hizo, una elección que se "gana" con 0.56% debería repetirse porque ese porcentaje no es garantía de nada. Creo que el fraude fue orquestado en varios niveles y, sin menosprecio de ese enorme engaño, creo que AMLO y su gente fallaron en la estrategia de defensa del voto, aunque eso no justifique lo que hizo el régimen en contra del avance democrático en este país, en el que curiosamente, sí se permitió la alternancia en 2000 al PAN con Fox pero donde a la izquierda siempre le han cancelado la oportunidad de acceder a la presidencia.
México se polarizó desde 2006, nos dicen. Yo creo que confrontado está desde hace mucho y que la campaña de 2006 fue más bien un uso perverso del miedo generado a partir de mensajes y discursos cargados de calumnias, falsedades y manipulación. Desafortunadamente, el contenido de esa campaña -el miedo- siguió estando presente, como elemento sustancial de los dichos y los actos de Felipe Calderón como presidente, sólo que ahora el motivo cambió.
Para legitimarse, Calderón tomó la decisión de lanzar una "guerra para combatir al narco" sin pies ni cabeza, sin estrategia, sin haber emprendido cambios elementales primero (como depurar las policías, por ejemplo) y encima, lo hizo solicitando el auspicio del gobierno norteamericano para quien desde 2001 el tema terrorismo es su bandera (y donde terrorismo implica mucho más que el monstruo del talibán: implica decir que el narco, por ejemplo, también lo es). Nadie defiende al narco, por el amor de Dios, pero ¿era necesario hacer algo así para legitimarse? Iniciativas Mérida, Planes Puebla Panamá, y todas esas formas de transferir dinero a contratistas norteamericanos bajo el pretexto de la seguridad hemisférica y demás. Pero no sólo eso es lo grave, sino las decenas de miles de muertos, las regiones azoladas por el terror, la complicidad de los cuerpos de seguridad y de los políticos, las advertencias de que "cueste lo que cueste esto debe seguir".
Ahora, en medio de todo eso, las condiciones de millones de personas en este país son también un horror. Millones de pobres, millones migrando, millones en la economía informal y claro, miles también en el narco. El campo abandonado, la educación en manos de una líder sindical corrupta, Pemex desangrado y a punto de quererlo rematar, el mercado interno sin ningún impulso, un país sin suficiencia alimentaria y un largo etcétera. Nos dicen que lo que hace falta son unas cosas llamadas reformas estructurales que, en mi muy elemental entendimiento, se refieren a terminar de modificar los marcos legales para que el capital pueda obtener las ganancias sin el menor pudor, aunque dicen que es más bien para alentar la inversión. Nadie está en contra de la inversión, pero no la inversión depredadora, no los capitales que no reinvierten en el país, no los que no respetan los derechos laborales, no los capitales golondrinos y sólo especulativos, y sobre todo...
No a los capitales que, en complicidad con los gobiernos y medios, no pagan impuestos, impiden la competencia, exigen que el gobierno los rescate en caso de malos manejos y quiebras (como los bancos en 1994), cobran una barbaridad por servicios que no son capaces de proporcionar así como comisiones y demás cobros abusivos que en países de primer mundo ni soñar que puedan hacerlo. Queremos capital e inversiones que dejen de enriquecerse a costa de acuerdos inconfesables con la clase política y que no sean el sitio idóneo para el lavado de dinero malhabido. Eso es lo que yo espero.
Que por quién votar, esa es una pregunta que más allá de contestarla intentando convencer, la contesto con mis propias opiniones y mi propia experiencia. No creo que ninguno de los candidatos sea solución única. Sin embargo, dentro de todos, sigo creyendo que sólo con AMLO las cosas pueden empezar a cambiar y el deterioro a detenerse y acaso tal vez a revertirse. No creo, tampoco, que las distintas expresiones políticas, especialmente la izquierda y sus diversos planteamientos, puedan agotarse en lo electoral. Lo electoral es un momento de gran proceso político de transformación que, en mi opinión, debería darse a escala planetaria. Creo que la transformación -en todos los órdenes de la vida humana- es una cuestión de sobrevivencia más que sólo de convicción ideológica. La Tierra -y sus habitantes- no está en condiciones de sostener el modelo actual de acumulación capitalista. En pocos años la depredación del planeta ha sido aguda e irreversible.
Creo que nuestro país merece una oportunidad más. Hay gente que cree que un pueblo tiene el gobierno que se merece. Yo no. Yo creo que es algo mucho más complejo que eso. No vivimos en un país con pleno derecho a la información. No es posible suponer que todos tenemos equidad y condiciones dignas para tomar decisiones, para elegir, para escoger el camino. Los que tenemos los medios estamos obligados a contribuir a que más personas tengan posibilidad de construir un criterio, una opinión libre de coerción o de condiciones límite. Hoy, me parece, no es tiempo de pensar sólo desde el interés propio. Es tiempo de anteponer la ética. La disyuntiva hoy es de naturaleza ética y es entre el bienestar de muchos o el privilegio de pocos.
Yo no voy a decir por quién votar. Pero sí puedo justificar mi propia decisión. Y lo que yo quisiera es que eso se extendiera para todos.
viernes, 28 de octubre de 2011
KADAFI: EJEMPLO DE LA CRISIS GLOBAL DE LA JUSTICIA
Hace apenas unos días, el líder libio Muamar Kadafi fue asesinado después de varias semanas de que rebeldes locales, apoyados por fuerzas de la OTAN lo buscaban afanosamente en los desérticos territorios de este país norafricano. Las primeras imágenes no podían haber sido más elocuentes: Kadafi capturado, vapuleado y golpeado por sus captores, y luego, su cuerpo ensangrentado y por si fuera poco exhibiendo un balazo en la cabeza, pruebas fehacientes de que había sido ejecutado.
No terminábamos tampoco de asumir la fanfarronería de la secretaria de Estado Hillary Clinton, quien se ufanaba diciendo “venimos, vimos y se murió” (“We came, we saw, he died”), seguido de una ostensible carcajada. No habíamos terminado de digerir todo aquello cuando se hizo público un video en el que se observa cómo, antes de ser ejecutado, Kadafi fue, además, sodomizado y torturado.
Necesario es recordar que no se trata de defender ni justificar ni olvidar quién fue Kadafi. Sin embargo, cabe preguntarse dónde quedó la justicia. Por supuesto, no es la primera vez que asistimos a la exhibición por parte de los vencedores –y héroes estadunidenses y europeos- del villano favorito en turno recibiendo “su merecido”. El año pasado, y bajo un cierto halo de sospechas, la noticia de la muerte de Osama Bin Laden muerto también dio la vuelta al mundo, en lo que pareció un afán de demostrar quién tiene el poder y quién tiene el derecho de hacer justicia expedita, sin que medie juicio alguno y echando por la borda los más elementales principios legales.
No es una exageración decir que Kadafi fue linchado. El linchamiento es una práctica de violencia colectiva y de justicia por mano propia con diferencias y matices, que se deben tener en cuenta, según el lugar y el momento en el que ocurren. No todos los linchamientos son iguales ni pueden ser equiparados, aunque eso no signifique justificarlos ni restarles gravedad. En tal caso, lo que hay que destacar es su condición de síntoma de conflictos o de procesos de profunda descomposición social.
¿En qué se diferencian los linchamientos a la pena de muerte? Podríamos disertar mucho tiempo acerca de ello, pero lo destacable en este momento es que el linchamiento y el asesinato de criminales y sospechosos se ha instalado como una práctica generalizada. No sólo si quienes son muertos a manos de turbas o de comandos de élite son presuntos delincuentes o criminales consumados, si están en Libia, Afganistán o México, y al respecto vale la pena recordar el también grotesco caso en nuestro país cómo fue exhibido, con billetes ensangrentados incluidos, el narcotraficante Arturo Beltrán Leyva después del operativo encabezado por la Marina en el que fue “capturado”en diciembre del 2009. El caso es que con mayor frecuencia somos espectadores de cómo, bajo un discurso belicista e intolerante, el “enemigo” –el otro al que hay que eliminar- es ajusticiado en nombre, paradójicamente, de la justicia.
¿En qué momento se nos ha hecho creer que los criminales, del nivel que sea, pero especialmente aquellos “grandes y peligrosos”, carecen de derecho a un juicio, y que no es indispensable, en su caso, la investigación y la rendición de declaraciones para esclarecer sus nexos y sus complicidades? Si en nombre de la justicia se cometen atrocidades y se pulverizan sus propios principios, ¿dónde quedan los límites para establecer lo que es justo en un mundo permeado por la violencia estructural, simbólica y cotidiana?
Desde hace algunos años, la difusión de imágenes como las de la cárcel de Abu Ghraib en Irak y de las prisiones de Guantánamo demostraron que la tortura es una práctica común por las fuerzas militares de Estados Unidos en sus intervenciones a lo largo y ancho del planeta. Sin embargo, eso no significa que ese país sea el único que la utilice ni que esta práctica sea nueva. Simplemente, ilustra la posibilidad de que las humillaciones, las ejecuciones y los suplicios sean difundidos cada vez más rápido y con mayor alcance. En el mejor de los casos, esto debería servir para protestar y condenar esta ostensible violación a los elementales derechos, así como para constituir pruebas que fundamenten un eventual castigo de tales atrocidades. Sin embargo, junto con la persistencia de la impunidad, estos métodos comienzan a ser percibidos como un conjunto de prácticas aceptadas, aceptables y, en algunos casos, demandadas. No es raro escuchar clamores sin mucha reflexión o incluso opiniones que apoyan el uso excesivo de la fuerza y de actos de venganza (confundida con la justicia) como una manera plausible de resolver, de tajo, el “problema”.
Estamos ante el riesgo de que torturas y linchamientos, reales y mediáticos, se conviertan así en prácticas culturales. Estamos ante el peligro de que la generalización y aceptación de los ajusticiamientos y de la brutalidad constituya una característica de la época actual, una fase en la que la justicia, a nivel global, está en crisis.
No terminábamos tampoco de asumir la fanfarronería de la secretaria de Estado Hillary Clinton, quien se ufanaba diciendo “venimos, vimos y se murió” (“We came, we saw, he died”), seguido de una ostensible carcajada. No habíamos terminado de digerir todo aquello cuando se hizo público un video en el que se observa cómo, antes de ser ejecutado, Kadafi fue, además, sodomizado y torturado.
Necesario es recordar que no se trata de defender ni justificar ni olvidar quién fue Kadafi. Sin embargo, cabe preguntarse dónde quedó la justicia. Por supuesto, no es la primera vez que asistimos a la exhibición por parte de los vencedores –y héroes estadunidenses y europeos- del villano favorito en turno recibiendo “su merecido”. El año pasado, y bajo un cierto halo de sospechas, la noticia de la muerte de Osama Bin Laden muerto también dio la vuelta al mundo, en lo que pareció un afán de demostrar quién tiene el poder y quién tiene el derecho de hacer justicia expedita, sin que medie juicio alguno y echando por la borda los más elementales principios legales.
No es una exageración decir que Kadafi fue linchado. El linchamiento es una práctica de violencia colectiva y de justicia por mano propia con diferencias y matices, que se deben tener en cuenta, según el lugar y el momento en el que ocurren. No todos los linchamientos son iguales ni pueden ser equiparados, aunque eso no signifique justificarlos ni restarles gravedad. En tal caso, lo que hay que destacar es su condición de síntoma de conflictos o de procesos de profunda descomposición social.
¿En qué se diferencian los linchamientos a la pena de muerte? Podríamos disertar mucho tiempo acerca de ello, pero lo destacable en este momento es que el linchamiento y el asesinato de criminales y sospechosos se ha instalado como una práctica generalizada. No sólo si quienes son muertos a manos de turbas o de comandos de élite son presuntos delincuentes o criminales consumados, si están en Libia, Afganistán o México, y al respecto vale la pena recordar el también grotesco caso en nuestro país cómo fue exhibido, con billetes ensangrentados incluidos, el narcotraficante Arturo Beltrán Leyva después del operativo encabezado por la Marina en el que fue “capturado”en diciembre del 2009. El caso es que con mayor frecuencia somos espectadores de cómo, bajo un discurso belicista e intolerante, el “enemigo” –el otro al que hay que eliminar- es ajusticiado en nombre, paradójicamente, de la justicia.
¿En qué momento se nos ha hecho creer que los criminales, del nivel que sea, pero especialmente aquellos “grandes y peligrosos”, carecen de derecho a un juicio, y que no es indispensable, en su caso, la investigación y la rendición de declaraciones para esclarecer sus nexos y sus complicidades? Si en nombre de la justicia se cometen atrocidades y se pulverizan sus propios principios, ¿dónde quedan los límites para establecer lo que es justo en un mundo permeado por la violencia estructural, simbólica y cotidiana?
Desde hace algunos años, la difusión de imágenes como las de la cárcel de Abu Ghraib en Irak y de las prisiones de Guantánamo demostraron que la tortura es una práctica común por las fuerzas militares de Estados Unidos en sus intervenciones a lo largo y ancho del planeta. Sin embargo, eso no significa que ese país sea el único que la utilice ni que esta práctica sea nueva. Simplemente, ilustra la posibilidad de que las humillaciones, las ejecuciones y los suplicios sean difundidos cada vez más rápido y con mayor alcance. En el mejor de los casos, esto debería servir para protestar y condenar esta ostensible violación a los elementales derechos, así como para constituir pruebas que fundamenten un eventual castigo de tales atrocidades. Sin embargo, junto con la persistencia de la impunidad, estos métodos comienzan a ser percibidos como un conjunto de prácticas aceptadas, aceptables y, en algunos casos, demandadas. No es raro escuchar clamores sin mucha reflexión o incluso opiniones que apoyan el uso excesivo de la fuerza y de actos de venganza (confundida con la justicia) como una manera plausible de resolver, de tajo, el “problema”.
Estamos ante el riesgo de que torturas y linchamientos, reales y mediáticos, se conviertan así en prácticas culturales. Estamos ante el peligro de que la generalización y aceptación de los ajusticiamientos y de la brutalidad constituya una característica de la época actual, una fase en la que la justicia, a nivel global, está en crisis.
martes, 19 de abril de 2011
sábado, 26 de marzo de 2011
La magnífica mercancía
De Roberto Saviano
No hay nada en el mundo que pueda competir con ella. Nada capaz de alcanzar la misma velocidad de beneficio. Nada que pueda garantizar la misma distribución inmediata, el mismo abastecimiento continuo. Ningún producto, ninguna idea, ninguna mercancía que pueda tener un mercado de crecimiento exponencial desde hace más de veinte años, tan vasto que admite cada vez más inversores, agentes comerciales y distribuidores.
Nada tan deseado y deseable. Nada, en la corteza terrestre, ha permitido tal equilibrio entre la demanda y la oferta. La primera está en crecimiento perenne, la segunda en constante fermentación, sin distinción de generaciones, clases sociales y culturas. Con pedidos de lo más variado y exigencias cada vez distintas de calidad y gusto. La cocaína es el verdadero milagro del capitalismo contemporáneo, capaz de superar cualquier contradicción. Los rapaces la llaman petróleo blanco. Los rapaces, es decir, los grupos mafiosos nigerianos de Lagos y Benin City que hoy por hoy son los interlocutores principales para el tráfico de cocaína en Europa y América, hasta el extremo de que en Estados Unidos están presentes con una red criminal solo comparable, como cuenta la revista Foreign Policy, con la italoamericana. Si se decidiera hablar por imágenes, la cocaína aparecería como el cemento en todos los edificios, la verdadera sangre de los flujos comerciales, la savia vital de la economía, el polvo legendario posado en las alas de mariposa de cualquier operación financiera. Italia es el país donde los grandes intereses del tráfico de cocaína se organizan y se consolidan en grandes estructuras que lo convierten en la encrucijada central para el comercio internacional y para la administración de los capitales invertidos. La empresa-cocaína es, sin duda alguna, el negocio más rentable de Italia. La primera empresa italiana, la que tiene más relaciones internacionales. Puede contar con un aumento del 20 por ciento anual de los consumidores, impensable para cualquier otro producto. Solo con la cocaína los clanes facturan sesenta veces más que la Fiat y cien veces más que Benetton. Calabria y Campania abastecen a los mayores intermediarios mundiales de tráfico de cocaína. En Campania se han producido las mayores aprehensiones de los últimos años en Europa (una tonelada solo en 2006) y, sumando los informes de la Antimafia calabresa y napolitana en materia de narcotráfico, se calcula que la 'Ndrangheta y la Camorra trafican con una seiscientas toneladas de cocaína al año.
La ruta africana, la ruta española, la ruta búlgara, la ruta holandesa son itinerarios infinitos y múltiples de la cocaína con una sola meta, de la que parte luego hacia otros destinos: Italia. Alianzas muy estrechas con los cárteles ecuatorianos, colombianos, venezolanos, con Quito, Lima, Río, Cartagena. La cocaína supera las barreras culturales y las distancias entre continentes. Anula las diferencias. Único mercado: el mundo. Único objetivo: el dinero. En Europa la 'Ndrangheta y la Camorra son las organizaciones que más cocaína mueven. Muchas veces aliadas entre ellas, alianzas nuevas e inéditas entre grupos a los que los medios italianos prestaban una atención marginal y relegada a las páginas de sucesos, dejando que en el cono de sombra proyectado por la fama de la Cosa Nostra sigan mejorando y transformando su capacidad de importanción y gestión de la cocaína. Los jóvenes afiliados, como se lee en los informes de la Antimafia calabresa, ya no llaman a la 'Ndrangheta por su nombre arcaico y dalectal, sino la Cosa Nuova. Y que la Cosa Nuova pueda ser una buena definición para una organización cada vez más transversal y en alianza muy estrecha con los cárteles napolitanos y casaleses de la Camorra es algo más que una simple suposición. Parece que entre Sudamérica y el sur de Italia hay un cordón umbilical que transmite cocaína y dinero, canales conocidos y seguros, como si existieran cintas transportadoras imaginarias y túneles submarinos que conectan a los clanes italianos con los narcos sudamericanos.
Una vez me encontré con uno en una playa de Salerno. Era el único que parecía orgulloso de que le llamaran narco. Despatarrado en la tumbonoa, con las axilas al sol, hablaba de sí mismo con los silencios precisos para despertar la curiosidad y no saciarla. Hablaba de sí mismo sin dar ningún detalle que pudiera comprometerle, daba a entender lo que era y dejaba que volara la imaginación acercad de él. Era un tipo que se decía amigo de un jefe paramilitar colombiano, Salvatore Mancuso. Se refería a él como si fuera una especie de semidiós, un poder capaz de mover capitales inmensos y de atar a Colombia e Italia con un nudo indisoluble. Pero aquel nombre no me decía nada. Un nombre italiano en Colombia, uno de tantos. Luego varios años después, llegué a conocer cada centímetro de leyenda y de sumario judicial sobre él.
Salvatore Mancuso es el jefe de las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia), los paramilitares que dominan más de diez departamentos colombianos y disputan pueblos y plantaciones de coca a los guerrilleros de las FARC. Mancuso es responsable de 336 asesinatos de sindicalistas, alcaldes, fiscales y activistas de los derechos humanos según su propia confesión, hecha en la mesa de negociaciones entre los paramilitares y el gobierno del presidente colombiano Álvaro Uribe. Hasta hoy Salvatore Mancuso ha conseguido eludir la extradición tanto a Estados Unidos como a Italia, donde quieren procesarle por las toneladas de cocaína exportadas, por eso se ha dejado detener, cologándose bajo la "protección" de la justicia de Bogotá. Condenado a cuarenta años por una de las matanzas más crueles de la historia colombiana, la de Ituango, actualmente colabora en el proceso de desmovilización de la guerrilla, por lo que la ley 975 colombiana ha reducido su condena a tan solo ocho años, que cumple trabajando en una granja del norte del país. Que en realidad es su centro de operaciones, desde donde gestiona la distribución de la mejor cocaína colombiana con los cárteles italianos.
Cada vez que se pronuncia el nombre de Mancuso, a muchos les parece estar oyendo de nuevo la voz de un testigo que se salvó de una de las matanzas cometidas por sus hombres de las AUC. Un campesino, apretando el micrófono como si exprimiera un tubo de dentrífico hasta la última gota, dijo ante un tribunal: "A los que osaban rebelarse les sacaban los ojos con cucharillas". Miles de hombres a su servicio, una flota de helicópteros militares y departamentos enteros dominados por él lo convirtieron en el rey de la cocaína y de la selva colombiana. Mancuso tiene el apodo "el Mono", por su aspecto de ágil y tosco orangután. El sumario Galloway-Tiburón, coordinado por la Antimafia de Reggio Calabria, demuestra que hace la mayoría de sus negocios con Italia. Hasta posee un pasaporte italiano. Italia sería el país más seguro para invernar si Colombia se volviera demasiado peligrosa. En varios sumarios de la Antimafia (Zappa, Decollo, Igres, Marcos) aparece Mancuso como el narcotraficante que más cocaína ha llevado a Europa, a través de las ventanas de los puertos italianos. El gobierno italiano que consiga traer a Mancuso a Italia será el único que podrá presumir de haber hecho algo decisivo contra el tráfico de cocaína, porque mientras siga en Colombia, cada día que pase será como refrendar con una firma sus negocios.
La aportación fundamental de la criminalidad organizada italiana es su mediación en los canales y su capacidad de garantizar continuas inversiones. Los capitales que sirven para comprar la cocaína se llaman puntate, "apuestas", y las de los clanes italianos llegan antes que las de cualquier otro competidor: puntuales, sustanciosas, capaces de garantizar a los productores unas ventas al por mayor e incluso de evitarles el transporte de la mercancía a su destino. La Operación Tiro Grosso, coordinada por los fiscales Antonio Laudati y Luigi Alberto Cannavale, realizada en 2007 por los carabineros del núcleo operativo provincial de Nápoles con la colaboración de la policía y policía fiscal y la participación de decenas de policías europeas, la DEA estadounidense y la Dirección Central de Servicios Antidroga que dirige el general Carlo Gualdi, obliga a cambiar radicalmente la visión que teníamos de las rutas de la droga. Pone en evidencia una nueva figura, el intermediario, y el desplazamiento del eje internacional del tráfico de Espana a Nápoles.
En España, después de los atentados del 11 de marzo de 2004, se aplicó el máximo rigor en las fronteras, lo que se traduco en un aumento exponencial de los controles en puertos y vehículos. Un país al que hasta entonces los narcos habían considerado un enorme almacén para guardar la cocaína con la única condición de que no se destinara al mercado interior, ahora resultaba problemático como centro de distribución. Toda la droga se desvió entonces a puertos como Amberes, Rostock o Salerno. La cocaína llegaba una vez que se habían decidido las apuestas, en las que no solo participaban los clanes sino también los correos, los intermediarios y todos los que quisieran invertir en esta sustancia alquímica que renta cien veces el coste inicial. En una escucha telefónica que hacen los carabineros en el marco de la Operación Tiro Grosso, Gennaro Allegretti, acusad de ser un correo, está preparando un viaje a España y llama a un amigo suyo para que participe en la apuesta. Al otro lado del teléfono, el amigo, que acaba de salir del banco, sabe que no tiene mucho efectivo y quiere echarse atrás:
-¿El lunes qué tienes que hacer? Porque yo el domingo ya tengo que estar preparado...si me dices que no...el domingo por la noche cojo el coche y me voy. El lunes al amanecer nos vamos.
-Creo que no, porque ahora he ido al banco, casi seguro que no.
-Colega...no deberías perderte siempre el tranvía. Ha participado media Italia: ¿qué problema hay? El mes que viene entras con tres millones más.
Los intermediaros se citan en los hoteles de medio mundo, de Ecuador a Canadá, y los mejores son los que crean empresas de importación-exportación. Tratan con productores como Antonio Ojeda Díaz, que de Quito a Guayaquil -según se deprende del sumario Tiro Grosso- organizaba sus contactos con los italianos a través de firmas de importación-exportación con Turquía. A Estambul solo llegaban los contenedores, mientras que la cocaína desembarcaba en varias etapas, durante las escalas en puertos italianos y alemanes. Las modalidades del tráfico controlado por los intermediarios napolitanos son muy variadas. Desde botes de piña en almíbar, donde la cocaína está escondida en bolsitas aplastadas entre las rodajas, hasta racimos de plátanos, donde las bolitas de cocaína se cosen a cada plátano.
Los intermediarios sudamericanos, como Pastor o Elvin Guerrero Castillo, a menudo viven en Nápoles, desde donde dirigen sus negocios. En Italia el intermediario número uno, según las acusaciones, es Carmine Ferrara, de Pomigliano. Los investigadores averiguaron que era quien controlaba las apuestas más importantes. Él mism, en una escucha telefónica, alardea de su habilidad: "Todos quieren trabajar conmigo". Las apuestas van a parar a los clanes: Nuvoletta, Mazzarella, Di Lauro, los Casalesi, Limelli, grupos que muchas veces son rivales, pero consiguen la cocaína a través de los mismos intermediarios. La organización del tráfico es sencilla y empresarial. Intermediarios que se ponen en contacto con los narcos, correos que transportan, "caballos", que son miembros de los clanes y pasan la droga a los subgrupos, y por último los "caballitos", que se la entregan directamente a los camellos. Cada paso tiene su ganancia, pero la cocaína ha pasado de los cuarenta euros por gramo de 2004 a diez-quince en las plazas más importantes de Italia. Las plazs del centro de Nápoles, la capital de la venta de droga, son capítulo aparte.
El mecanismo de los intermediarios es fundamental para los productores de cocaína: no son miembros de clanes y solo conocen por encima la organización de los mismos, de modo que aunque llegaran a cantar, no saben nada de los clanes ni los clanes de ellos. Si no tarda en ponerse en contacto con otros; si desarticulan a una familia, los intermediarios conservan a sus interlocutores y solo tienen que lamentar la pérdida de un cliente. Se dirigirán a otras familias o a las nuevas que surjan.
Cuando se dan a conocer algunos datos alarmantes, como el hecho de que más del 80 por ciento de los billetes de bancos italianos tienen trazas de polvo de cocaína, o que hay más residuos en las alcantarillas de Florencia que en las de Londres, se levanta un revuelo pasajero. Pero que la cocaína es el motor principal de la economía criminal y que esta economía criminal es la más floreciente de las economías de nuestro tiempo, es algo sobre lo que llevan años trabajando muchas fiscalías, a menudo con recursos inadecuados.
El fiscal Franco Roberti, de facciones angulosas, marcadamente mediterráneas, y corte de ojos oriental, coordinador de la Antimafia de Nápoles hasta abril de 2009 y con un pasado en la Dirección Nacional Antifamia, lleva mucho tiempo recordando, insistiendo, haciendo hincapié en la obstinación de laguien que quiere ver, más allá del momento crítico, el verdadero fondo del problema. En las conferencias de prensa de las operaciones antidroga más importantes que ha coordinado su oficina describe sin medias tintas la situación grave, gravísima, a la que se enfrenta: "En Nápoles, se mata casi exclusivamente por la droga. La cocaína corre a raudales y produce unas ganancias fabulosas. Los clanes pelean entre sí y por hacerse con el control del tráfico. Si un clan invierte un millón de euros en una partida de cocaína, en muy poco tiempo habrá ganado por lo menos cuatro. Cuatruplica la ganancia en relación con el coste en un plazo cortísimo." Solo en el caso de Tiro Grosso, los negocios de los intermediarios napolitanos abarcaban España (Barcelona, Madrid y Málaga), Francia (Marsella y París), Holanda (Amsterdam y La Haya), Bélgica (Bruselas) y Alemania (Münster); además había correos y contactos en Croacia, Atenas, Sofía y Pleven en Bulgaria, Estambul en Turquía y por último Bogotá y Cúcuta en Colombia, Caracas en Venezuela, Santo Domingo y Miami en Estados Unidos.
Todos los correos carecían de antecedentes y viajaban en coches modificados. La modificación de estos coches era de un refinamiento casi inverosímil. La cocaína y el hachís se preparaban como un lecho extendido justo por encima del eje, sobre el que se montaba el resto del vehículo. En los laboratorios de Napoletano, Quarto, Agnano o Marano se usaba el método que los mecánicos llamaban "de kamikaze". Lo mismo que los kamikazes alteraron para siempre la estrategia militar contemporánea anulando cualquier defensa efectiva, porque hasta entonces se partía de la base de que el atacante trataba de salvarse, los narcotraficantes se dieron cuenta de que el único modo de pasar los controles era organizar cargamentos que solo podían descubrirse desguanzando todo el vehículo, algo que está fuera de las posibilidades de una patrulla.
Una vez durante una operación de registro de un automóvil, aunque los carabineros estaban seguros de que había cocaína, no lograban encontrarla. Desmontaron el vehículo pieza a pieza y la cocaína no aparecía. Los perros la olían, pero eran incapaces de localizarla. Iban de aquí para allá, perplejos, echando espuma por el hocico. La cocaína estaba escondida en forma cristalizada en los cables de la instalación eléctrica. Solo un mecánico electricista habría podido descubrirla al ver que había más cables de la cuenta.
Para el transporte se recurre a las familias de los traficantes. Es la mejor forma de repartir la carga. Las familias reales, no la metafórica, el clan, sino los familiares sin antecedentes y que ejercen toda clase de oficios. Les ofrecen un fin de semana en España y quinietos euros por cabeza como pago del viaje. Con un abogado pagado en caso de que les detengan, por supuesto. Una familia sin antecedentes -padre, madre y niña- que sale de viaje el sábado o el domingo por la mañana, no resulta sospechosa en un control. La primavera pasada, en la autopista Roma-Nápoles, los carabineros detuvieron a una familia que viajaba en un Chrysler espacioso y bien cargado sobre un lecho de 240 kilos de cocaína. Cuando esposaron a los padres, un suboficial no conseguía arrancar de los brazos de la madrea a una niña hecha un mar de lágrimas. Y las caras de estos traficantes domingueros reflejaban la incredulidad de quien no es totalmente consciente d elo que ha hecho.
El Chrysler parece fabricado a propósito para los narcotraficantes. Meten la droga sobre las ruedas, o en los huecos de las ventanillas, que no se pueden bajar porque están a rebozar de cocaína. En los años ochenta era el Panda, hoy en cambio no hay traficante que no aspire a tener un Chrysler en su parque automovilístico. Cada auto de traficante está protegido por un sistema de lanzaderas que avisan cuando hay puestos de control y se organizan de tal modo que en cada salida la lanzadera advierte para que salga de la autopista o continúe por ella. No hablan nunca por teléfono de la llegada o la partida de la carga y ni siquiera conocen todo el recorrido, solo saben en qué ciudades tienen bases, y estas bases solo les infrman cuando han llegado hasta ellas. Solo señalan su presencia al final del recorrido, de modo que si la policía escucha la conversación, no le da tiempo a detenrlos. Una tarjeta telefónica para cada viaje. Luego la tiran.
En una escucha telefónica, un traficante en el peaje de Caserta Nord, se da cuenta de que los carabineros le están esperando y no tiene escapatoria. Entonces pierde tiempo delante del peaje mientras llama a los demás: "Me han trincado. Llamad al abogado, apagad todos los móviles, decidles a todos que se paren." Cuando empieza la persecución, las lanzaderas tratan de despistar a los coches camuflados de los carabineros y preparan camiones en alguna área del estacionamiento, que abren el vientre de sus remolques, cargan el coche y se van. Camiones entre otros camiones. Es tan difícil desbaratar el sistema de lanzaderas que el pasado abril los carabinerons tuvieron que aterrizar con un helicóptero en la autopista de Capua para detener un correo.
Los métodos para despistar son agotadores. Un coche, al que seguían durante la operación Tiro Grosso, antes de llegar a Nápoles desde España hizo el siguiente recorrido: partió de Ventimiglia, fue hasta Génova, luego volvió a Ventimiglia, después bajó a Roma, volvió a Florencia, siguió hasta Caserta y desde allí a Nápoles. Todo llega a Nápoles, pero también puede volver a salir de allí. Pistoia, La Spezia, Roma, Milán y Catania. Las narices blancas de Italia se meten coca cortada en Nápoles. No hay lugar adonde no llegue la cocaína que ha pasado por las manos de los intermediarios napolitanos. No hay grupo criminal que no trate con ellos. La mafia turca pidió urgentemente cocaína a los intermediarios napolitanos ofreciéndoles armas a cambio. Las investigaciones para desarticular la intermediación de cocaína son complicadísimas. Gran parte del mecanismo de contrabando se ha transformado en tráfico de cocaína. Los Mazarella -como han revelado las investigaciones- pusieron a sus "capitanes" a disposición de los intermediarios. Se trata de los conmtrabantistas que en los años ochenta transportaban tabajo en sus lanchas, y ahora, desde los puertos marroquíes y españoles, lo llevan a todo Nápoles, Mergellina y Salerno. Antes de usar una planeadora Squalo, los capitanes napolitanos tenían que probarla. Los napolitanos que controlan el tráfico marino son inaprehensibles. Según informes de los carabineros, los escurridizos hermanos Russo, boss de Nola herederos del imperio de Carmine Alfieri, se esconden en barcos, nunca bajan a tierra, están siempre navegando por el Mediterráneo y los océnanos.
Nápoles es una ciudad que distrae. La microcriminalidad y las venganzas entre bandas ocupan demasiado tiempo y no permiten dedicarse a los grandes negocios de los clanes y las burguesías de la cocaína. Los intermediarios conocen bien esta situación. Pero hay algo más. Para entenderlo hay que hablar con el general Gaetano Maruccia, el jefe provincial de los carabineros de Nápoles. Cuando le conocí tuve la impresión de estar hablando con un estratega competente e impasible, pero al mismo tiempo me recordó el arrojo del capitán Bellodi de El día de la lechuza. Cualidades incompatibles que, sin embargo, parecían unidas en un hombre capaz de compaginar las contradicciones entre aquello a lo que no se puede renunciar nunca bajo ningún concepto, y lo que se hace porque detrás del deber sigue funcionando el motor vivo de una elección. Apuliano de nacimiento con sangre calabresa, un pasado en Sicilia y en Roma, parecido al Brando maduro, pelo blanco peinado hacia atrás, voz de bajo. No puede faltar el puro a un lado de la boca, y en su despacho un extraño chisme que de vez en cuando suelta un perfume para anular la peste del tabaco. Me sorprendió que fuera capaz de enfocar el problema estructural del territorio en una situación dominada por la urgencia constante, el apremio de la cotidianidad, la exigencia obsesiva de soluciones inmediatas. Maruccia tiene las ideas claras: "Es fundamental comprender que el mercado legal no solo está infiltrado por los capitales generados por la cocaína, sino fuertemente determinado por estos capitales. Y lo más complidado es comprender estas determinaciones. Nuestras últimas investigaciones demuestran que Nápoles es una encrucijada importante en el tráfico internacional de cocaína, pero también un punto de partida para el reciclaje, la reinversión, la transformación de la calidad del beneficio del narcotráfico en calidad económica legal. Descubrir el tráfico, los canales de llegada, las técnicas con las que llegan aquí el hachís y la cocaína es una tarea fundamental, pero solo es la primera parte del trabajo y quizá la más sencilla. Lo que debemos entender son las transformaciones: debemos entender cómo se convierte el polvo blanco en todo lo demás. Comercio, fábricas, construcción, flujos bancarios, gestión del territorio, envenenamiento del mercado legal. Si partimos de esta macroeconomía y la desmantelamos, la criminalidad pequeña y mediana lo tendrá difícil y actuará sin esperanza de crecer. El recorrido debe ser éste, no el contrario."
El comando provicional de los carabineros de Nápoles ha cosechado buenos resultados. El último ha sido todo el clan de los Sarno, poderoso en la criminalidad y la cocaína, que traficaba con armas del Este usando como cobertura los autobuses de las cuidadoras y ha sufrido setenta detenciones. También se ha enfrentado al mecanismo del narcotráfico de Scampia no olo con detenciones masivas en el nivel más bajo, el de los camellos, sino con la destrucción de los fortines con que los clanes defendían la plaza: un método nuevo e impactante que reúne a cientos de hombres para vigilarla e impedir cualquier posibilidad y veleidad de rebelión.
Maruccia no se hace ilusiones de regeneración, pero sabe ver más allá del caos, más allá de la lluvia de datos concretos que cubren una realidad presuntamente sumida en el subdesarrollo criminal, aunque en ella se gestan unas posibilidades enormes de negocios ilícitos. "Sin duda lo mejor que saben hacer es transformar la cocaína en empresa. Transformar una periferia tan deteriorada como el área norte de Nápoles en una industria próspera, por muy criminal que sea, es una capacidad a la que debemos enfrentarnos y que debemos desarticular como se desarticulan los grupos industriales y financieros, y no las pandillas de bandoleros. Tenemos enfrente a la empresa más importante del territorio, y me temo que no solo de este territorio, sino de todo el país. Cuando se trata de enfrentar los problemas de Nápoles no es posible quedarse dentro de los límites regionales. Los recursos, los medios, la atención, nunca son suficientes, porque las rutas parten de aquí y a veces también terminan aquí, pero el país entero y a veces el mundo entero está implicado. La importancia de una cooperación internacional cada vez más eficaz no solo es decisiva para el narcotráfico, sino que debe ser transversal, debe ir dirigida también contra los capitales de inversión que manejan los clanes en cualquier lugar del mundo. O partimos de este enfoque o siempre estaremos razonando de un modo parcial."
No se puede seguir viendo la cocaína como una dinámica exclusivamente criminal, la cocaína es un paradigma para entender la economía europea, que no tiene petróleo, del negro, y sin duda es una puerta de acceso para entender la economía italiana. Bastaría con seguir la huella de las inversiones en cocaína de los intermediarios de Campania y Calabria para saber hacia dónde se van a orientar los mercados legales. La cocaína, valor inombrable añadido a la vida diaria de miles de personas y el impronunciable talento criminal de la economía italiana, solo pueden narrarse como un modelo metafórico, lo mismo que el cero en el pensamiento matemático. Parafraseando lo que dice Robert Kaplan: "Mira el cero y no verás nada, mira a través del cero y verás el infinito", parece obligado afirmar: "Mira la cocaína y solo verás polvo, mira a través de la cocaína y verás el mundo."
Artículo que aparece en el libro La belleza y el infierno, de Roberto Saviano, Editorial Debate.
No hay nada en el mundo que pueda competir con ella. Nada capaz de alcanzar la misma velocidad de beneficio. Nada que pueda garantizar la misma distribución inmediata, el mismo abastecimiento continuo. Ningún producto, ninguna idea, ninguna mercancía que pueda tener un mercado de crecimiento exponencial desde hace más de veinte años, tan vasto que admite cada vez más inversores, agentes comerciales y distribuidores.
Nada tan deseado y deseable. Nada, en la corteza terrestre, ha permitido tal equilibrio entre la demanda y la oferta. La primera está en crecimiento perenne, la segunda en constante fermentación, sin distinción de generaciones, clases sociales y culturas. Con pedidos de lo más variado y exigencias cada vez distintas de calidad y gusto. La cocaína es el verdadero milagro del capitalismo contemporáneo, capaz de superar cualquier contradicción. Los rapaces la llaman petróleo blanco. Los rapaces, es decir, los grupos mafiosos nigerianos de Lagos y Benin City que hoy por hoy son los interlocutores principales para el tráfico de cocaína en Europa y América, hasta el extremo de que en Estados Unidos están presentes con una red criminal solo comparable, como cuenta la revista Foreign Policy, con la italoamericana. Si se decidiera hablar por imágenes, la cocaína aparecería como el cemento en todos los edificios, la verdadera sangre de los flujos comerciales, la savia vital de la economía, el polvo legendario posado en las alas de mariposa de cualquier operación financiera. Italia es el país donde los grandes intereses del tráfico de cocaína se organizan y se consolidan en grandes estructuras que lo convierten en la encrucijada central para el comercio internacional y para la administración de los capitales invertidos. La empresa-cocaína es, sin duda alguna, el negocio más rentable de Italia. La primera empresa italiana, la que tiene más relaciones internacionales. Puede contar con un aumento del 20 por ciento anual de los consumidores, impensable para cualquier otro producto. Solo con la cocaína los clanes facturan sesenta veces más que la Fiat y cien veces más que Benetton. Calabria y Campania abastecen a los mayores intermediarios mundiales de tráfico de cocaína. En Campania se han producido las mayores aprehensiones de los últimos años en Europa (una tonelada solo en 2006) y, sumando los informes de la Antimafia calabresa y napolitana en materia de narcotráfico, se calcula que la 'Ndrangheta y la Camorra trafican con una seiscientas toneladas de cocaína al año.
La ruta africana, la ruta española, la ruta búlgara, la ruta holandesa son itinerarios infinitos y múltiples de la cocaína con una sola meta, de la que parte luego hacia otros destinos: Italia. Alianzas muy estrechas con los cárteles ecuatorianos, colombianos, venezolanos, con Quito, Lima, Río, Cartagena. La cocaína supera las barreras culturales y las distancias entre continentes. Anula las diferencias. Único mercado: el mundo. Único objetivo: el dinero. En Europa la 'Ndrangheta y la Camorra son las organizaciones que más cocaína mueven. Muchas veces aliadas entre ellas, alianzas nuevas e inéditas entre grupos a los que los medios italianos prestaban una atención marginal y relegada a las páginas de sucesos, dejando que en el cono de sombra proyectado por la fama de la Cosa Nostra sigan mejorando y transformando su capacidad de importanción y gestión de la cocaína. Los jóvenes afiliados, como se lee en los informes de la Antimafia calabresa, ya no llaman a la 'Ndrangheta por su nombre arcaico y dalectal, sino la Cosa Nuova. Y que la Cosa Nuova pueda ser una buena definición para una organización cada vez más transversal y en alianza muy estrecha con los cárteles napolitanos y casaleses de la Camorra es algo más que una simple suposición. Parece que entre Sudamérica y el sur de Italia hay un cordón umbilical que transmite cocaína y dinero, canales conocidos y seguros, como si existieran cintas transportadoras imaginarias y túneles submarinos que conectan a los clanes italianos con los narcos sudamericanos.
Una vez me encontré con uno en una playa de Salerno. Era el único que parecía orgulloso de que le llamaran narco. Despatarrado en la tumbonoa, con las axilas al sol, hablaba de sí mismo con los silencios precisos para despertar la curiosidad y no saciarla. Hablaba de sí mismo sin dar ningún detalle que pudiera comprometerle, daba a entender lo que era y dejaba que volara la imaginación acercad de él. Era un tipo que se decía amigo de un jefe paramilitar colombiano, Salvatore Mancuso. Se refería a él como si fuera una especie de semidiós, un poder capaz de mover capitales inmensos y de atar a Colombia e Italia con un nudo indisoluble. Pero aquel nombre no me decía nada. Un nombre italiano en Colombia, uno de tantos. Luego varios años después, llegué a conocer cada centímetro de leyenda y de sumario judicial sobre él.
Salvatore Mancuso es el jefe de las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia), los paramilitares que dominan más de diez departamentos colombianos y disputan pueblos y plantaciones de coca a los guerrilleros de las FARC. Mancuso es responsable de 336 asesinatos de sindicalistas, alcaldes, fiscales y activistas de los derechos humanos según su propia confesión, hecha en la mesa de negociaciones entre los paramilitares y el gobierno del presidente colombiano Álvaro Uribe. Hasta hoy Salvatore Mancuso ha conseguido eludir la extradición tanto a Estados Unidos como a Italia, donde quieren procesarle por las toneladas de cocaína exportadas, por eso se ha dejado detener, cologándose bajo la "protección" de la justicia de Bogotá. Condenado a cuarenta años por una de las matanzas más crueles de la historia colombiana, la de Ituango, actualmente colabora en el proceso de desmovilización de la guerrilla, por lo que la ley 975 colombiana ha reducido su condena a tan solo ocho años, que cumple trabajando en una granja del norte del país. Que en realidad es su centro de operaciones, desde donde gestiona la distribución de la mejor cocaína colombiana con los cárteles italianos.
Cada vez que se pronuncia el nombre de Mancuso, a muchos les parece estar oyendo de nuevo la voz de un testigo que se salvó de una de las matanzas cometidas por sus hombres de las AUC. Un campesino, apretando el micrófono como si exprimiera un tubo de dentrífico hasta la última gota, dijo ante un tribunal: "A los que osaban rebelarse les sacaban los ojos con cucharillas". Miles de hombres a su servicio, una flota de helicópteros militares y departamentos enteros dominados por él lo convirtieron en el rey de la cocaína y de la selva colombiana. Mancuso tiene el apodo "el Mono", por su aspecto de ágil y tosco orangután. El sumario Galloway-Tiburón, coordinado por la Antimafia de Reggio Calabria, demuestra que hace la mayoría de sus negocios con Italia. Hasta posee un pasaporte italiano. Italia sería el país más seguro para invernar si Colombia se volviera demasiado peligrosa. En varios sumarios de la Antimafia (Zappa, Decollo, Igres, Marcos) aparece Mancuso como el narcotraficante que más cocaína ha llevado a Europa, a través de las ventanas de los puertos italianos. El gobierno italiano que consiga traer a Mancuso a Italia será el único que podrá presumir de haber hecho algo decisivo contra el tráfico de cocaína, porque mientras siga en Colombia, cada día que pase será como refrendar con una firma sus negocios.
La aportación fundamental de la criminalidad organizada italiana es su mediación en los canales y su capacidad de garantizar continuas inversiones. Los capitales que sirven para comprar la cocaína se llaman puntate, "apuestas", y las de los clanes italianos llegan antes que las de cualquier otro competidor: puntuales, sustanciosas, capaces de garantizar a los productores unas ventas al por mayor e incluso de evitarles el transporte de la mercancía a su destino. La Operación Tiro Grosso, coordinada por los fiscales Antonio Laudati y Luigi Alberto Cannavale, realizada en 2007 por los carabineros del núcleo operativo provincial de Nápoles con la colaboración de la policía y policía fiscal y la participación de decenas de policías europeas, la DEA estadounidense y la Dirección Central de Servicios Antidroga que dirige el general Carlo Gualdi, obliga a cambiar radicalmente la visión que teníamos de las rutas de la droga. Pone en evidencia una nueva figura, el intermediario, y el desplazamiento del eje internacional del tráfico de Espana a Nápoles.
En España, después de los atentados del 11 de marzo de 2004, se aplicó el máximo rigor en las fronteras, lo que se traduco en un aumento exponencial de los controles en puertos y vehículos. Un país al que hasta entonces los narcos habían considerado un enorme almacén para guardar la cocaína con la única condición de que no se destinara al mercado interior, ahora resultaba problemático como centro de distribución. Toda la droga se desvió entonces a puertos como Amberes, Rostock o Salerno. La cocaína llegaba una vez que se habían decidido las apuestas, en las que no solo participaban los clanes sino también los correos, los intermediarios y todos los que quisieran invertir en esta sustancia alquímica que renta cien veces el coste inicial. En una escucha telefónica que hacen los carabineros en el marco de la Operación Tiro Grosso, Gennaro Allegretti, acusad de ser un correo, está preparando un viaje a España y llama a un amigo suyo para que participe en la apuesta. Al otro lado del teléfono, el amigo, que acaba de salir del banco, sabe que no tiene mucho efectivo y quiere echarse atrás:
-¿El lunes qué tienes que hacer? Porque yo el domingo ya tengo que estar preparado...si me dices que no...el domingo por la noche cojo el coche y me voy. El lunes al amanecer nos vamos.
-Creo que no, porque ahora he ido al banco, casi seguro que no.
-Colega...no deberías perderte siempre el tranvía. Ha participado media Italia: ¿qué problema hay? El mes que viene entras con tres millones más.
Los intermediaros se citan en los hoteles de medio mundo, de Ecuador a Canadá, y los mejores son los que crean empresas de importación-exportación. Tratan con productores como Antonio Ojeda Díaz, que de Quito a Guayaquil -según se deprende del sumario Tiro Grosso- organizaba sus contactos con los italianos a través de firmas de importación-exportación con Turquía. A Estambul solo llegaban los contenedores, mientras que la cocaína desembarcaba en varias etapas, durante las escalas en puertos italianos y alemanes. Las modalidades del tráfico controlado por los intermediarios napolitanos son muy variadas. Desde botes de piña en almíbar, donde la cocaína está escondida en bolsitas aplastadas entre las rodajas, hasta racimos de plátanos, donde las bolitas de cocaína se cosen a cada plátano.
Los intermediarios sudamericanos, como Pastor o Elvin Guerrero Castillo, a menudo viven en Nápoles, desde donde dirigen sus negocios. En Italia el intermediario número uno, según las acusaciones, es Carmine Ferrara, de Pomigliano. Los investigadores averiguaron que era quien controlaba las apuestas más importantes. Él mism, en una escucha telefónica, alardea de su habilidad: "Todos quieren trabajar conmigo". Las apuestas van a parar a los clanes: Nuvoletta, Mazzarella, Di Lauro, los Casalesi, Limelli, grupos que muchas veces son rivales, pero consiguen la cocaína a través de los mismos intermediarios. La organización del tráfico es sencilla y empresarial. Intermediarios que se ponen en contacto con los narcos, correos que transportan, "caballos", que son miembros de los clanes y pasan la droga a los subgrupos, y por último los "caballitos", que se la entregan directamente a los camellos. Cada paso tiene su ganancia, pero la cocaína ha pasado de los cuarenta euros por gramo de 2004 a diez-quince en las plazas más importantes de Italia. Las plazs del centro de Nápoles, la capital de la venta de droga, son capítulo aparte.
El mecanismo de los intermediarios es fundamental para los productores de cocaína: no son miembros de clanes y solo conocen por encima la organización de los mismos, de modo que aunque llegaran a cantar, no saben nada de los clanes ni los clanes de ellos. Si no tarda en ponerse en contacto con otros; si desarticulan a una familia, los intermediarios conservan a sus interlocutores y solo tienen que lamentar la pérdida de un cliente. Se dirigirán a otras familias o a las nuevas que surjan.
Cuando se dan a conocer algunos datos alarmantes, como el hecho de que más del 80 por ciento de los billetes de bancos italianos tienen trazas de polvo de cocaína, o que hay más residuos en las alcantarillas de Florencia que en las de Londres, se levanta un revuelo pasajero. Pero que la cocaína es el motor principal de la economía criminal y que esta economía criminal es la más floreciente de las economías de nuestro tiempo, es algo sobre lo que llevan años trabajando muchas fiscalías, a menudo con recursos inadecuados.
El fiscal Franco Roberti, de facciones angulosas, marcadamente mediterráneas, y corte de ojos oriental, coordinador de la Antimafia de Nápoles hasta abril de 2009 y con un pasado en la Dirección Nacional Antifamia, lleva mucho tiempo recordando, insistiendo, haciendo hincapié en la obstinación de laguien que quiere ver, más allá del momento crítico, el verdadero fondo del problema. En las conferencias de prensa de las operaciones antidroga más importantes que ha coordinado su oficina describe sin medias tintas la situación grave, gravísima, a la que se enfrenta: "En Nápoles, se mata casi exclusivamente por la droga. La cocaína corre a raudales y produce unas ganancias fabulosas. Los clanes pelean entre sí y por hacerse con el control del tráfico. Si un clan invierte un millón de euros en una partida de cocaína, en muy poco tiempo habrá ganado por lo menos cuatro. Cuatruplica la ganancia en relación con el coste en un plazo cortísimo." Solo en el caso de Tiro Grosso, los negocios de los intermediarios napolitanos abarcaban España (Barcelona, Madrid y Málaga), Francia (Marsella y París), Holanda (Amsterdam y La Haya), Bélgica (Bruselas) y Alemania (Münster); además había correos y contactos en Croacia, Atenas, Sofía y Pleven en Bulgaria, Estambul en Turquía y por último Bogotá y Cúcuta en Colombia, Caracas en Venezuela, Santo Domingo y Miami en Estados Unidos.
Todos los correos carecían de antecedentes y viajaban en coches modificados. La modificación de estos coches era de un refinamiento casi inverosímil. La cocaína y el hachís se preparaban como un lecho extendido justo por encima del eje, sobre el que se montaba el resto del vehículo. En los laboratorios de Napoletano, Quarto, Agnano o Marano se usaba el método que los mecánicos llamaban "de kamikaze". Lo mismo que los kamikazes alteraron para siempre la estrategia militar contemporánea anulando cualquier defensa efectiva, porque hasta entonces se partía de la base de que el atacante trataba de salvarse, los narcotraficantes se dieron cuenta de que el único modo de pasar los controles era organizar cargamentos que solo podían descubrirse desguanzando todo el vehículo, algo que está fuera de las posibilidades de una patrulla.
Una vez durante una operación de registro de un automóvil, aunque los carabineros estaban seguros de que había cocaína, no lograban encontrarla. Desmontaron el vehículo pieza a pieza y la cocaína no aparecía. Los perros la olían, pero eran incapaces de localizarla. Iban de aquí para allá, perplejos, echando espuma por el hocico. La cocaína estaba escondida en forma cristalizada en los cables de la instalación eléctrica. Solo un mecánico electricista habría podido descubrirla al ver que había más cables de la cuenta.
Para el transporte se recurre a las familias de los traficantes. Es la mejor forma de repartir la carga. Las familias reales, no la metafórica, el clan, sino los familiares sin antecedentes y que ejercen toda clase de oficios. Les ofrecen un fin de semana en España y quinietos euros por cabeza como pago del viaje. Con un abogado pagado en caso de que les detengan, por supuesto. Una familia sin antecedentes -padre, madre y niña- que sale de viaje el sábado o el domingo por la mañana, no resulta sospechosa en un control. La primavera pasada, en la autopista Roma-Nápoles, los carabineros detuvieron a una familia que viajaba en un Chrysler espacioso y bien cargado sobre un lecho de 240 kilos de cocaína. Cuando esposaron a los padres, un suboficial no conseguía arrancar de los brazos de la madrea a una niña hecha un mar de lágrimas. Y las caras de estos traficantes domingueros reflejaban la incredulidad de quien no es totalmente consciente d elo que ha hecho.
El Chrysler parece fabricado a propósito para los narcotraficantes. Meten la droga sobre las ruedas, o en los huecos de las ventanillas, que no se pueden bajar porque están a rebozar de cocaína. En los años ochenta era el Panda, hoy en cambio no hay traficante que no aspire a tener un Chrysler en su parque automovilístico. Cada auto de traficante está protegido por un sistema de lanzaderas que avisan cuando hay puestos de control y se organizan de tal modo que en cada salida la lanzadera advierte para que salga de la autopista o continúe por ella. No hablan nunca por teléfono de la llegada o la partida de la carga y ni siquiera conocen todo el recorrido, solo saben en qué ciudades tienen bases, y estas bases solo les infrman cuando han llegado hasta ellas. Solo señalan su presencia al final del recorrido, de modo que si la policía escucha la conversación, no le da tiempo a detenrlos. Una tarjeta telefónica para cada viaje. Luego la tiran.
En una escucha telefónica, un traficante en el peaje de Caserta Nord, se da cuenta de que los carabineros le están esperando y no tiene escapatoria. Entonces pierde tiempo delante del peaje mientras llama a los demás: "Me han trincado. Llamad al abogado, apagad todos los móviles, decidles a todos que se paren." Cuando empieza la persecución, las lanzaderas tratan de despistar a los coches camuflados de los carabineros y preparan camiones en alguna área del estacionamiento, que abren el vientre de sus remolques, cargan el coche y se van. Camiones entre otros camiones. Es tan difícil desbaratar el sistema de lanzaderas que el pasado abril los carabinerons tuvieron que aterrizar con un helicóptero en la autopista de Capua para detener un correo.
Los métodos para despistar son agotadores. Un coche, al que seguían durante la operación Tiro Grosso, antes de llegar a Nápoles desde España hizo el siguiente recorrido: partió de Ventimiglia, fue hasta Génova, luego volvió a Ventimiglia, después bajó a Roma, volvió a Florencia, siguió hasta Caserta y desde allí a Nápoles. Todo llega a Nápoles, pero también puede volver a salir de allí. Pistoia, La Spezia, Roma, Milán y Catania. Las narices blancas de Italia se meten coca cortada en Nápoles. No hay lugar adonde no llegue la cocaína que ha pasado por las manos de los intermediarios napolitanos. No hay grupo criminal que no trate con ellos. La mafia turca pidió urgentemente cocaína a los intermediarios napolitanos ofreciéndoles armas a cambio. Las investigaciones para desarticular la intermediación de cocaína son complicadísimas. Gran parte del mecanismo de contrabando se ha transformado en tráfico de cocaína. Los Mazarella -como han revelado las investigaciones- pusieron a sus "capitanes" a disposición de los intermediarios. Se trata de los conmtrabantistas que en los años ochenta transportaban tabajo en sus lanchas, y ahora, desde los puertos marroquíes y españoles, lo llevan a todo Nápoles, Mergellina y Salerno. Antes de usar una planeadora Squalo, los capitanes napolitanos tenían que probarla. Los napolitanos que controlan el tráfico marino son inaprehensibles. Según informes de los carabineros, los escurridizos hermanos Russo, boss de Nola herederos del imperio de Carmine Alfieri, se esconden en barcos, nunca bajan a tierra, están siempre navegando por el Mediterráneo y los océnanos.
Nápoles es una ciudad que distrae. La microcriminalidad y las venganzas entre bandas ocupan demasiado tiempo y no permiten dedicarse a los grandes negocios de los clanes y las burguesías de la cocaína. Los intermediarios conocen bien esta situación. Pero hay algo más. Para entenderlo hay que hablar con el general Gaetano Maruccia, el jefe provincial de los carabineros de Nápoles. Cuando le conocí tuve la impresión de estar hablando con un estratega competente e impasible, pero al mismo tiempo me recordó el arrojo del capitán Bellodi de El día de la lechuza. Cualidades incompatibles que, sin embargo, parecían unidas en un hombre capaz de compaginar las contradicciones entre aquello a lo que no se puede renunciar nunca bajo ningún concepto, y lo que se hace porque detrás del deber sigue funcionando el motor vivo de una elección. Apuliano de nacimiento con sangre calabresa, un pasado en Sicilia y en Roma, parecido al Brando maduro, pelo blanco peinado hacia atrás, voz de bajo. No puede faltar el puro a un lado de la boca, y en su despacho un extraño chisme que de vez en cuando suelta un perfume para anular la peste del tabaco. Me sorprendió que fuera capaz de enfocar el problema estructural del territorio en una situación dominada por la urgencia constante, el apremio de la cotidianidad, la exigencia obsesiva de soluciones inmediatas. Maruccia tiene las ideas claras: "Es fundamental comprender que el mercado legal no solo está infiltrado por los capitales generados por la cocaína, sino fuertemente determinado por estos capitales. Y lo más complidado es comprender estas determinaciones. Nuestras últimas investigaciones demuestran que Nápoles es una encrucijada importante en el tráfico internacional de cocaína, pero también un punto de partida para el reciclaje, la reinversión, la transformación de la calidad del beneficio del narcotráfico en calidad económica legal. Descubrir el tráfico, los canales de llegada, las técnicas con las que llegan aquí el hachís y la cocaína es una tarea fundamental, pero solo es la primera parte del trabajo y quizá la más sencilla. Lo que debemos entender son las transformaciones: debemos entender cómo se convierte el polvo blanco en todo lo demás. Comercio, fábricas, construcción, flujos bancarios, gestión del territorio, envenenamiento del mercado legal. Si partimos de esta macroeconomía y la desmantelamos, la criminalidad pequeña y mediana lo tendrá difícil y actuará sin esperanza de crecer. El recorrido debe ser éste, no el contrario."
El comando provicional de los carabineros de Nápoles ha cosechado buenos resultados. El último ha sido todo el clan de los Sarno, poderoso en la criminalidad y la cocaína, que traficaba con armas del Este usando como cobertura los autobuses de las cuidadoras y ha sufrido setenta detenciones. También se ha enfrentado al mecanismo del narcotráfico de Scampia no olo con detenciones masivas en el nivel más bajo, el de los camellos, sino con la destrucción de los fortines con que los clanes defendían la plaza: un método nuevo e impactante que reúne a cientos de hombres para vigilarla e impedir cualquier posibilidad y veleidad de rebelión.
Maruccia no se hace ilusiones de regeneración, pero sabe ver más allá del caos, más allá de la lluvia de datos concretos que cubren una realidad presuntamente sumida en el subdesarrollo criminal, aunque en ella se gestan unas posibilidades enormes de negocios ilícitos. "Sin duda lo mejor que saben hacer es transformar la cocaína en empresa. Transformar una periferia tan deteriorada como el área norte de Nápoles en una industria próspera, por muy criminal que sea, es una capacidad a la que debemos enfrentarnos y que debemos desarticular como se desarticulan los grupos industriales y financieros, y no las pandillas de bandoleros. Tenemos enfrente a la empresa más importante del territorio, y me temo que no solo de este territorio, sino de todo el país. Cuando se trata de enfrentar los problemas de Nápoles no es posible quedarse dentro de los límites regionales. Los recursos, los medios, la atención, nunca son suficientes, porque las rutas parten de aquí y a veces también terminan aquí, pero el país entero y a veces el mundo entero está implicado. La importancia de una cooperación internacional cada vez más eficaz no solo es decisiva para el narcotráfico, sino que debe ser transversal, debe ir dirigida también contra los capitales de inversión que manejan los clanes en cualquier lugar del mundo. O partimos de este enfoque o siempre estaremos razonando de un modo parcial."
No se puede seguir viendo la cocaína como una dinámica exclusivamente criminal, la cocaína es un paradigma para entender la economía europea, que no tiene petróleo, del negro, y sin duda es una puerta de acceso para entender la economía italiana. Bastaría con seguir la huella de las inversiones en cocaína de los intermediarios de Campania y Calabria para saber hacia dónde se van a orientar los mercados legales. La cocaína, valor inombrable añadido a la vida diaria de miles de personas y el impronunciable talento criminal de la economía italiana, solo pueden narrarse como un modelo metafórico, lo mismo que el cero en el pensamiento matemático. Parafraseando lo que dice Robert Kaplan: "Mira el cero y no verás nada, mira a través del cero y verás el infinito", parece obligado afirmar: "Mira la cocaína y solo verás polvo, mira a través de la cocaína y verás el mundo."
Artículo que aparece en el libro La belleza y el infierno, de Roberto Saviano, Editorial Debate.
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