Hace apenas unos días, el líder libio Muamar Kadafi fue asesinado después de varias semanas de que rebeldes locales, apoyados por fuerzas de la OTAN lo buscaban afanosamente en los desérticos territorios de este país norafricano. Las primeras imágenes no podían haber sido más elocuentes: Kadafi capturado, vapuleado y golpeado por sus captores, y luego, su cuerpo ensangrentado y por si fuera poco exhibiendo un balazo en la cabeza, pruebas fehacientes de que había sido ejecutado.
No terminábamos tampoco de asumir la fanfarronería de la secretaria de Estado Hillary Clinton, quien se ufanaba diciendo “venimos, vimos y se murió” (“We came, we saw, he died”), seguido de una ostensible carcajada. No habíamos terminado de digerir todo aquello cuando se hizo público un video en el que se observa cómo, antes de ser ejecutado, Kadafi fue, además, sodomizado y torturado.
Necesario es recordar que no se trata de defender ni justificar ni olvidar quién fue Kadafi. Sin embargo, cabe preguntarse dónde quedó la justicia. Por supuesto, no es la primera vez que asistimos a la exhibición por parte de los vencedores –y héroes estadunidenses y europeos- del villano favorito en turno recibiendo “su merecido”. El año pasado, y bajo un cierto halo de sospechas, la noticia de la muerte de Osama Bin Laden muerto también dio la vuelta al mundo, en lo que pareció un afán de demostrar quién tiene el poder y quién tiene el derecho de hacer justicia expedita, sin que medie juicio alguno y echando por la borda los más elementales principios legales.
No es una exageración decir que Kadafi fue linchado. El linchamiento es una práctica de violencia colectiva y de justicia por mano propia con diferencias y matices, que se deben tener en cuenta, según el lugar y el momento en el que ocurren. No todos los linchamientos son iguales ni pueden ser equiparados, aunque eso no signifique justificarlos ni restarles gravedad. En tal caso, lo que hay que destacar es su condición de síntoma de conflictos o de procesos de profunda descomposición social.
¿En qué se diferencian los linchamientos a la pena de muerte? Podríamos disertar mucho tiempo acerca de ello, pero lo destacable en este momento es que el linchamiento y el asesinato de criminales y sospechosos se ha instalado como una práctica generalizada. No sólo si quienes son muertos a manos de turbas o de comandos de élite son presuntos delincuentes o criminales consumados, si están en Libia, Afganistán o México, y al respecto vale la pena recordar el también grotesco caso en nuestro país cómo fue exhibido, con billetes ensangrentados incluidos, el narcotraficante Arturo Beltrán Leyva después del operativo encabezado por la Marina en el que fue “capturado”en diciembre del 2009. El caso es que con mayor frecuencia somos espectadores de cómo, bajo un discurso belicista e intolerante, el “enemigo” –el otro al que hay que eliminar- es ajusticiado en nombre, paradójicamente, de la justicia.
¿En qué momento se nos ha hecho creer que los criminales, del nivel que sea, pero especialmente aquellos “grandes y peligrosos”, carecen de derecho a un juicio, y que no es indispensable, en su caso, la investigación y la rendición de declaraciones para esclarecer sus nexos y sus complicidades? Si en nombre de la justicia se cometen atrocidades y se pulverizan sus propios principios, ¿dónde quedan los límites para establecer lo que es justo en un mundo permeado por la violencia estructural, simbólica y cotidiana?
Desde hace algunos años, la difusión de imágenes como las de la cárcel de Abu Ghraib en Irak y de las prisiones de Guantánamo demostraron que la tortura es una práctica común por las fuerzas militares de Estados Unidos en sus intervenciones a lo largo y ancho del planeta. Sin embargo, eso no significa que ese país sea el único que la utilice ni que esta práctica sea nueva. Simplemente, ilustra la posibilidad de que las humillaciones, las ejecuciones y los suplicios sean difundidos cada vez más rápido y con mayor alcance. En el mejor de los casos, esto debería servir para protestar y condenar esta ostensible violación a los elementales derechos, así como para constituir pruebas que fundamenten un eventual castigo de tales atrocidades. Sin embargo, junto con la persistencia de la impunidad, estos métodos comienzan a ser percibidos como un conjunto de prácticas aceptadas, aceptables y, en algunos casos, demandadas. No es raro escuchar clamores sin mucha reflexión o incluso opiniones que apoyan el uso excesivo de la fuerza y de actos de venganza (confundida con la justicia) como una manera plausible de resolver, de tajo, el “problema”.
Estamos ante el riesgo de que torturas y linchamientos, reales y mediáticos, se conviertan así en prácticas culturales. Estamos ante el peligro de que la generalización y aceptación de los ajusticiamientos y de la brutalidad constituya una característica de la época actual, una fase en la que la justicia, a nivel global, está en crisis.
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ResponderSuprimirElisa:
ResponderSuprimirSería bueno que aclararas qué tienen en común un linchamiento (por una turba enardecida, por definición) y un linchamiento mediático, que se endereza contra personas conocidas, y no causa la muerte más que del buen nombre del afectado.
Saludos.
Me encantó. Sobretodo nos ayuda a entender los peligros a los que nos enfrentamos en este mundo globalizado en el que el otro se ha convertido en un verdadero peligro para nuestra existencia y en el que se corre el riesgo de pensar colectivamente el linchamiento como una práctica cultural aceptable.
ResponderSuprimirGracias por compartirlo, desde hoy tu blog está entre mis favoritos ;)
Lo más triste es la capacidad de olvido que hemos desarrollado...
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